Una odisea tras canastas, un perfil de Bernarda Rojas

«Con un talonario en una mano, en la otra un casco, con mirada fuerte y retadora llegan dos hombres al puesto de Bernarda, donde sosteníamos la conversación. Nadie dice una sola palabra, ella y muchos personajes de la plaza saben cuál es el paso a seguir, el precio a pagar».

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En el puesto 349 de la ‘Plaza de Mercado de la 14’, de Ibagué, hay un mundo de novela con más de 20 años de olvido, tragedias y superaciones. Bernarda Rojas pasa sus días de rutina sentada en una banca que ha soportado el peso de una vida que parece de ficción.

Fría, pero a la vez serena; doliente, pero a la vez optimista; rota, pero a la vez intacta. Así es ‘doña Bernarda’, como la llaman sus clientes, que semana a semana escogen su puesto para mercar. La nacida en la vereda El Porvenir, del municipio de San Luis, Tolima, llegó a la 'Capital Musical de Colombia' en busca de una oportunidad que le había sido negada en aquel pueblo.

Así conocí a Bernarda Rojas, un 18 de febrero de 2019. Ella estaba ahí, frente a su puesto, sentada en su banca pálida por el pasar de los años, junto a otra solitaria que esperaba por alguien, un alguien que puede ser cualquiera que deseé escucharla. Así conocí a Bernarda Rojas, haciendo seguramente la labor de un placero un día lunes, aguardando a que los clientes generen un mínimo para lograr sostener un producido semanal.

−Buenos días mi señora, disculpe me le siento un momento por acá.
−«Tranquilo, siga». −Dice con agrado.
− ¿Cómo va el día?
−Sonríe, mostrando los pocos dientes que le quedan. −«Bien, esperando a ver qué se puede recoger hoy».

No necesité de más para entender que esta señora de 61 años, que aún conserva el brillo en su sonrisa, tiene todavía la esperanza de salir adelante, a pesar de la rutina que marca sus días la Plaza de la 14.

−Perdóneme la curiosidad, pero… ¿Cómo llego usted hasta acá?
−«Si le cuento mi historia saldría una novela, pero de las que aún no tienen final feliz».
−Pues la quiero escuchar, doña Bernarda.
−«No sé ni por dónde empezar… no sé ni porque estamos hablando de mí, no me gusta». Era evidente que, aunque Bernarda es simpática y servicial, no estaba entre sus planes diarios sentarse hablar con un desconocido sobre una vida que parecía tener tintes un poco oscuros.
−Tranquila, señora Bernarda, otro día será. En ese momento me levanto y salgo, pero, inadvertidamente, me llama doña Virgelina, vecina del puesto de Bernarda, −«joven, vuelva un día estos y ella le contará la historia».

2

Entender el contexto del lugar era vital para tratar de responder preguntas de lo poco que Bernarda me había hablado. Cada lunes llegaba a esa plaza, ubicada en la tercera con calle 14, en el centro de Ibagué. Vendedores ambulantes, el denominado reguero, tradiciones olvidadas, impuestos y ‘gota a gota’, era el imaginario que se percibía de la plaza, no solo por voces, sino por una realidad que ataca directamente un mundo de sabores, texturas, olores e historias de vendedores que exigen una mejor sostenibilidad.

Subo las escaleras hacia el planchón y sí, ahí estaba, de nuevo. Había dos bancas que esperaban quizás respuestas sobre una historia que prometía ser conocida. Al parecer, para esa ocasión, estaba mucho más dispuesta a hablar; lo noté desde el mismo momento en que me sonrió con picardía y me invitó a sentarme con ella.

−De nuevo yo.
−«Siga, joven, siéntese, ¿se le ofrece un banano?»
−Cómo negarme.
−« ¿Usted viene a que yo le cuente mi historia?»
−Solo quiero escucharla.
−«Dígame, ¿qué quiere saber?»
− ¿Cómo llego hasta acá?

Agacha su cabeza y mirando sus manos en señal de esfuerzo me dice: «Pues… mire, yo vivía en el campo, en una vereda que se llama El Porvenir, en San Luis. Yo me casé muy joven y a los 20 años ya tenía dos hijos: un niño de cuatro y una niña de dos. Por cosas de la vida decido venirme a Ibagué». Poco a poco la voz de Bernarda se hace más frágil, a su mente llegan recuerdos que le gustaría dejar enterrados en el pasado.

−Entonces… ¿Usted se viene con su esposo?
−«Sola porque él me dejó. Mi esposo se fue por allá lejos, me dejó cuando yo estaba en embarazo de la niña y así, desesperada con dos hijos, me vine para acá, porque para esa época sostenerse era muy duro».

«Mi esposo se fue por allá lejos…», una frase que durante la charla no podía salir de mi mente, debido a que parece de esas típicas frases que ocultan una verdad, de la que tal vez Bernarda no quería hablar, por lo que sigo el hilo sin querer presionarla.

− ¿Cómo se llaman sus hijos? −Toma aire, empuña sus manos y con un suspiro entre lágrimas mira al cielo.
−«Él se llamaba José Albeiro Barreto, era mi hijo mayor, un accidente de tránsito me quito a uno de mis bastiones más importantes. Mi hija se llama Irina Barreto, de ella hace mucho no sé nada».

De fondo sonaba una canción llamada ‘Barco Azul’, una rola mexicana de la agrupación Liran Roll, «venimos a esta vida un momento, a hacer parte de una historia que Dios escribió en el cielo (…)». Así empezaba una de sus estrofas, la cual me hizo pensar que ese ser supremo, seguramente había asignado para Bernarda un guion de drama, de esos que encajan perfecto en la realidad, de esos que a los colombianos les encanta ver.

− ¿Cómo es su llegada a Ibagué?
−«Pues, además de mi aburrimiento, llego a una casa de familia. Después entro a trabajar en una cafetería frente al Parque Galarza; ahí conocí a un señor, otro amor, con el que también me fui a vivir 10 años. Para ese entonces era celador de la Plaza de la 14 y fue él quien me trajo a trabajar acá».
− ¿Cómo se llamaba el señor?
−«Alirio Rojas, él murió también. ¿Se da cuenta por qué no me gusta contar mi historia?»

Me para ‘ipso facto’, no era necesario que me lo preguntara para entender que pocas veces se encuentra en dos bancas, una historia tan llena de misterios y dolor. Sin decirle nada, prosiguió como queriendo evitar más preguntas.

−«Yo acá empecé de cero, me hacía en el piso con una cajita de guayabas, eso era lo que vendía. Trabajaba medio día porque con el señor nos repartíamos los gastos, él era separado y tenía pensión, pero de nuevo un accidente fue la causa de su muerte, ¡de malas! Yo igual no me quedé con nada, porque todo le correspondía a la exesposa, pero bueno… después, con la medida del tiempo, me fui haciendo con este puesto, y es así como hace más de 20 años me encuentro trabajando aquí. Luego me conseguí el esposo que tengo ahorita, es Alistoro Narváez», −entre risas dice: «él también es pensionado, soy de buenas para conseguirlos, él es el papá de mi otra hija, Johana Narváez quien aún vive, trabaja y sale adelante conmigo». 

Además de madre, Bernarda también es abuela de seis nietos; de su primer hijo le quedaron dos y de su hija cuatro. Por ellos se levanta todos los días a las 5 de la mañana para salir a trabajar. Desde la calle 11 —que es donde vive—, se traslada a la plaza donde se queda hasta las 5 de la tarde. Es su segundo hogar. Ni estando enferma del corazón la han podido sacar de aquel lugar, la rutina de este le hace falta, no quiere perder ni dejar ir lo que con tanto esfuerzo ha conseguido.

Con un talonario en una mano, en la otra un casco, con mirada fuerte y retadora llegan dos hombres al puesto de Bernarda, donde sosteníamos la conversación. Nadie dice una sola palabra, ella y muchos personajes de la plaza saben cuál es el paso a seguir, el precio a pagar. Saca 7.000 pesos y se los da al hombre que sostiene sobre su cintura un canguro en el que acumula un fajo de billetes. Se despiden con desagrado y salen hacia otros puestos a hacer el mismo procedimiento.

− ¿Es así todos los días?
−«Mijo, ¡acá pagamos todo!, en este momento yo estoy en deudas porque es muy duro sostener todos los gastos, tanto del negocio como de la casa. Yo pago 188.000 pesos mensuales, a mí nadie me colabora, ni mis hijos, me he vuelto una mujer independiente, todo lo que me ha pasado me ha enseñado a ser fuerte. Los gota a gota son un riesgo, pero toca asumirlos y con la ayuda de Dios este año salgo de deudas. Bien o mal, este negocio ha hecho que no me falte nada, ni la comidita, además póngase a pensar, nadie se ocupa de uno ya viejo, es más… hasta nos discriminan, pero estoy segura de que después de medio año la vida me cambia».
− ¿Cómo es la vida en la plaza?
−«Hace un tiempo uno venía con más agrado, ahora uno ya viene es como por costumbre, la tradición se ha perdido bastante, en administraciones anteriores, por lo menos, celebraban fechas importantes, hacían misas, estaban pendientes de uno, ahora ya no, mucho menos con ese reguero de personas que se hacen afuera de la plaza con carretillas y canastas, ya nada es igual».

Y es evidente que la cantidad de personas que se encuentran día a día vendiendo informalmente afectan de manera directa a todos aquellos vendedores que pagan mensualmente un lugar en la Plaza de la 14. Afortunadamente, para Bernarda y muchos de los otros comerciantes, existen los denominados clientes fieles que, semana tras semana tienen, ya han escogido su lugar favorito para el día de mercado. Precisamente, mientras seguíamos conversando, llegan dos clientes al puesto de Bernarda, bueno en ese caso un cliente amigo, y otro cliente casi hermano.

El primero de ellos es Steven Trujillo, un joven de aproximadamente 21 años que llega siempre entre semana a comprar limones a su puesto preferido, un puesto que le había sido familiarizado desde su sitio de trabajo.

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− ¿Por qué siempre viene a comprar en este puesto?
−«Pues amigo… doña Bernarda es un amor, siempre me atiende de la mejor manera, es más, ella ya sabe a qué vengo todos los días, cada vez que puede me encima la “ñapita” o me regala una frutica para írmela comiendo en el camino, se nota que es una mujer especial, trabaja mucho. Yo trabajo por acá cerca en una cafetería, mi jefe siempre, desde que tiene su negocio, le compra a Bernarda y él quiere que siempre sea así. Él fue quien me lo inculco».

Con un abrazo fraterno y bastante entusiasta, Isabel Mayorga saluda a una amiga que, al parecer, se convirtió como en su hermana con el pasar de los años. Nos sentamos los tres a seguir con la conversación. Doña Bernarda me presenta a la señora Isabel, quien hace poco había partido de la plaza.

«Ella es mi amiga Isabel, fue de las primeras personas que me ayudó cuando yo llegué acá. Ella tenía el puesto en frente y nos colaboramos siempre mutuamente». Se miran y sonríen, dando a entender que compartieron bastantes momentos en ese planchón que les había visto pasar los años.

«Es de mis pocas amigas acá en la plaza, porque aunque los clientes lo quieren y le enseñan mucho a uno, en este lugar existe mucha envidia, cae lo que dicen por ahí, de que cuando uno tiene plata le sobran los amigos, pero es pura conveniencia, para qué decirnos mentiras, en el negocio no hay amigos».

Seguramente la rabia de aquella mujer, erradicaba en que años atrás otro comerciante antiguo de aquel planchón, le había hecho la vida difícil, simplemente porque Bernarda, para ese entonces, traía un cilantro de mejor calidad, que era mucho más comprado por los clientes.

«Yo llegaba temprano y mi cilantro estaba lleno de tierra, las guayabas dañadas, simplemente él lo hacía por maldadoso, porque sabía que me estaba yendo bien y parecía que eso le enfurecía, lo que le comento ¡la envidia!»

Mientras terminaba de responder llega otro cliente y la señora Isabel, un poca ida de contexto se despide y me dice de manera silenciosa: «No sé por qué Bernardita le está contando todo eso, lo único es que realmente la vida de ella sí ha sido muy dura, pobre… es lo que le puedo decir, que esté muy bien».

Había algo que faltaba en aquella novela, algo que hasta el momento no había peguntado, un algo que a donde quiera que uno vaya siempre se lleva en las entrañas.

−Doña, ¿qué hay de su familia?
−«Ay, joven… era la pregunta que no quería que me hiciera, pero con todo lo que le he dicho se la tengo que responder. Mire, yo le he ocultado algo y fue que mi familia me echó de la casa a raíz de un problema con mi hermana…» −No aguantó más y se desbordó en lágrimas, quería continuar pero parecía tener miedo. Mientras se limpiaba prosiguió: −«la verdad es que cuando joven yo era atractiva.
− ¡Aún!, la interrumpo con ánimo de pilotear la situación.
−«Ja, ja, ja…, pues gracias, mijo. Mire, como le venía diciendo, desde chiquita ella siempre tuvo esa rivalidad conmigo, cuando yo tenía novios ella me los quería quitar, era bastante envidiosa, hasta el punto que hizo lo que jamás olvidaré: ¡Meterse con mi esposo! ¿Puede creerlo? Un día los encontré en la cama y él me pegó. Ni mi padre, que se llamaba Abrahán Sánchez, ni mi madre, Bernarda Rojas, me creyeron; de ella me lo esperé, porque nunca me quiso, pero mi padre sí lo hacía. No entiendo qué pasó».

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Más claro no podía estar, Bernarda era la protagonista de una novela en la que había juegos sucios por envidia o quizás por un poder territorial que los villanos siempre quieren ganar y, por supuesto, su hermana, la preferida, no quería ser la excepción.

«Después de eso el señor ese se fue para el Caquetá, yo jamás volví a saber de él. Como le comenté, mi hija se estuvo junto a mis padres y mis ocho hermanos, quienes después se quedaron con toda la herencia y jamás me dieron nada. Por eso tomé la decisión de venirme y, aunque no me crea, lo hice descalza y con dos mudas de ropa. Sí, a veces lloro, porque mi historia es dura, mejor dicho… no alcanzaría a contarle hoy todo por lo que he tenido que pasar, lo único que sí le puedo decir es que con la ayuda de Dios después de mitad de año todo se me solucionará, y quizás así pueda dejar atrás tanto desprecio y humillación que he tenido que soportar, porque ya eso cansa».

Así cerraba la conversación la estrella de la historia, una mujer que, al parecer, no ha tenido sueños, que está en ceros y muy seguramente se encuentra en la etapa en la que solo quiere vivir, pero aun así reconoce que la vida sin problemas no es vida y aunque le han sobrado, no pierde la fe, porque espera pronto finalizar con esa odisea tras sus canastas.


Ralizado por: Jorge Andrés Montaño Góngora, estudiante del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Ibagué.

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