Camilo Vargas tira un pelotazo largo de final casi predecible, Akanji duda, Xhaka se incomoda ante la presión de Muñoz y se la deja a Jáminton Campaz. Control de pecho perfecto. La pelota queda lista para que de zurda, su perfil dominante, la clave al segundo palo y desate la locura: los gritos, los festejos, el mar de cerveza y la ilusión de meternos en cuartos contra el caballo gaucho del comisario FIFA.
La pelota se va a la tribuna y la angustia de los penales se instala en los corazones. Muchos minutos después la decepción se consumó.
Volvemos a quedar con la sensación de siempre: estar cerca de algo más grande que aún no nos llega ¿nos falta prepararnos mejor? ¿sobrevaloramos nuestro verdadero potencial? ¿hemos creado las condiciones para que quienes nos representan no se achiquen ante la inminencia de la gloria? Son varias preguntas las que nos llegan en medio de la tusa que nos dejó la eliminación vs Suiza.
Partamos de una realidad dolorosa: ganar una Copa del Mundo sigue lejos de nuestras posibilidades. Esa conquista queda en manos de una élite de selecciones que entre muchos atributos tiene una tradición futbolística mucho más nutrida y antigua que la nuestra, jugadores más acostumbrados a la competitividad y una relación más vieja con la obligación de ganar.
Entendiendo nuestro lugar, hay que buscar las causas que nos impiden alimentar las vitrinas. Aquí aparecen los lugares comunes de siempre “nos faltan h*evos” “no tenemos jerarquía” “nos falta mentalidad ganadora” “simple, los jugadores se achican” son frases ligeras de los que creen tener resuelto el misterio de lo que nos pasa, pero no hacen el mínimo esfuerzo por encontrar una explicación razonable.
Vemos fútbol, pero no lo miramos; mirar implica atención, análisis, discernimiento. No nos preparamos para comprender el juego. Creemos que todo se agota en el “pongan h*evos” que baja de las tribunas o gritamos frente al televisor. Mirar implica preguntarse por qué Xhaka manejó la pelota todo el tiempo, por qué no pudimos quebrar las líneas suizas con pases interiores o desbordes, por qué Lucho perdió todos los mano a mano ¿falta de apoyo en el 1-2? ¿fatiga? ¿fue subutilizado?
Ahora bien, es entendible que los hinchas hablemos desde lo pasional, que nuestras ideas sobre el juego tengan como asidero la pobreza de nuestras vísceras y las experiencias en torneos de barrio. El hincha tiene derecho al insulto, al disparate. Pero en medios de comunicación, la exigencia debe sobrepasar el umbral de las frases que cualquier aficionado promedio pueda espetar mientras apoya una cerveza en la barriga.
La opinión pública es orientada por un ejército de vociferadores que ofrecen una mirada pandita, superficial sobre lo que pasa en la cancha. Frases carnavalescas y entusiastas en el canal oficialista de la selección y una perorata destructiva y malintencionada por parte de la oposición de mínimo rating. Quienes parecen tener la formación para orientar al público dejan que sus odios les eclipsen la razón y terminan por reclamar como victorias las derrotas de la selección.
Otra corriente que precariza la comprensión del deporte la configuran los exfutbolistas con micrófono. Es esperanzadora la tarea de Radamel Falcao García como analista del juego: su criterio y elocuencia le permiten al espectador navegar lo que ocurre con la voz de un protagonista experto, pero Falcao es una excepción en un mar de exjugadores que intentan hilvanar un par de frases para adular los conceptos de su patrón o que se enfrascan en disputas regionales que parecen sacadas de cualquier cantina de Aguachica.
Hay que elevar el nivel de nuestro debate y de las reflexiones que hacemos sobre un deporte que nos atraviesa la vida. Sabemos que pese a todo el fervor que sentimos, a las camisetas en la calle, las banderas en las fachadas y los horarios de jornada continua en las oficinas para ver a la selección nos falta mucho para ser una nación futbolera que no se quede en los asados y sancochos para medio ver el partido. Amamos el fútbol, pero parece que el esfuerzo por entenderlo lo queremos ahorrar.
¿Elevar el debate sobre el fútbol como consumidores del producto es garantía de levantar copas? De ninguna manera. Una columna de opinión bien escrita no va a patear bien un penal, un debate serio no va a cabecear en el último minuto, pero incomodarnos e interpelarnos sobre el juego obligará a los medios a subir el nivel, nos tragaremos menos humo, menos épica barata.
Instalar una cultura futbolera más exigente implica una revolución discursiva sobre lo que se dice del deporte. Significa discutir menos desde la frase automática y más desde la comprensión. Significa pedir explicaciones, no solo culpables. Significa sospechar de los gritos, de las frases hechas, de los patriotas de micrófono y de los amargados profesionales que solo encuentran lucidez cuando la selección pierde.
Tal vez todavía estemos lejos de levantar una Copa del Mundo. Tal vez nos falten años, estructuras, entrenadores, canchas, juveniles, dirigentes decentes y delanteros que no tiemblen cuando el partido pide sangre fría. Pero algo podríamos empezar a hacer desde ahora: dejar de gritar tan rápido y aprender a mirar un poco mejor.
Por: Jhonny Lozano Bermúdez