Era una tarde soleada en Ibagué. El monótono zumbido del aire acondicionado en una sala de la Biblioteca Darío Echandía parecía una invitación a la siesta, especialmente para los jóvenes que, como yo, nos encontrábamos allí.
Me había sentado en las últimas filas, mi mente vagaba en el cansancio después del almuerzo, un adversario formidable para el interés. Mi tarea, como estudiante de Comunicación Social y Periodismo para mi semestre de Paz y Región, era apoyar la logística, pero en ese momento, la apatía en el aire era casi tan densa como el calor del exterior. Miré a mi alrededor: la mayoría de los asistentes tenía la mirada clavada en sus celulares, obligados por un evento que, aparentemente, no capturaba su atención. Detrás del escenario, un piano de cola reposaba en silencio, un curioso contraste con el apático ambiente de la sala.
El economista invitado, Jhorland Ayala, no se dejó intimidar por el ambiente. Con una calma didáctica, nos presentó un panorama que unía dos mundos que a menudo parecen separados: los desastres naturales y la economía del país. Usando datos y cifras contundentes, Ayala reveló que la inversión en prevención es la opción más eficiente, aunque los gobiernos prefieran el gasto en reconstrucción, que es más visible y políticamente atractivo.

Además, rompió con una creencia común al explicar que Antioquia, y no Cundinamarca, es el departamento con más casos de desastres, un dato que nos hizo reflexionar sobre nuestras percepciones personales. La charla se hizo aún más relevante cuando se abordó la complejidad de calcular el valor de una vida humana y se destacó la nula planeación en la construcción de vías vitales, como el caso de la Vía al Llano, una arteria que nutre a gran parte del país.
El ambiente de la sala se transformó con un breve descanso. De repente, el café, que resultó ser delicioso, nos despertó a todos del letargo. Disfruté una dona, compartiendo un momento de energía con mis compañeros. El verdadero punto de inflexión, sin embargo, llegó con la ronda de preguntas, donde la sala por fin se activó. Un señor de la tercera edad, con un interés genuino y una voz firme, formuló una pregunta tan profunda y pertinente que se ganó el aplauso espontáneo de todo el auditorio. Fue un momento de esperanza, una chispa que demostró cómo el conocimiento puede romper la apatía más arraigada.
Al final, la sala se vació con la misma prisa con la que se llenó. La mayoría se fue, dejando solo a los organizadores. En ese momento, comprendí que el verdadero impacto de un evento no siempre se mide por un salón lleno, sino por la dedicación de quienes creen en su trabajo. Mientras mi jefa, Ángela Echeverry, coordina las tareas finales, aproveché para realizar las entrevistas, una labor fundamental para mi rol. Este evento me mostró que el cambio no ocurre de la noche a la mañana, sino a través del esfuerzo constante de unos pocos.
Esta conferencia fue una lección de realismo y optimismo. Me enseñó que los desastres naturales son un tema que nos compete a todos, aunque rara vez se debate abiertamente. La mayor victoria de esta cátedra fue su alcance más allá de la sala: la virtualización del curso para docentes de zonas rurales del Tolima. Este esfuerzo llevará el conocimiento directamente a las comunidades que más lo necesitan, demostrando que el verdadero impacto no se ve en un auditorio, sino en el futuro que ayudamos a construir.
Por: Juan Esteban Villegas